Salvador tenía una vida estable en El Salvador. Trabajaba en el área administrativa de una empresa de suministros y compartía tiempo con su familia. Todo cambió cuando su hermano fue asesinado por estructuras criminales que operaban en su comunidad. Poco después comenzaron las advertencias y amenazas.
El clima de intimidación fue en aumento. Las llamadas anónimas y los mensajes indirectos lo convencieron de que quedarse suponía un riesgo real. Sin margen para esperar, tomó la decisión de marcharse. Salió del país con una maleta pequeña y la esperanza de poder reconstruir su vida lejos de la violencia.

Desde El Salvador
Salvador llegó a Madrid en 2018. El ritmo de la capital y la distancia con su tierra le hicieron sentir vértigo, pero también alivio. Con el tiempo se trasladó a Toledo, donde encontró un entorno más tranquilo para empezar de nuevo.
Solicitó protección internacional y, tras el proceso correspondiente, obtuvo autorización de residencia y trabajo. Ese reconocimiento le permitió, por primera vez desde que salió de su país, planificar a largo plazo sin miedo a perderlo todo de un día para otro.
“Lo más importante era sentirme seguro, después vino todo lo demás”
Volver a ejercer su profesión
Con experiencia en gestión administrativa, comenzó a buscar oportunidades acordes a su perfil. No fue inmediato. A sus casi 50 años y con una discapacidad física reconocida, tuvo que insistir y actualizar su formación. Realizó cursos de contabilidad digital y manejo de herramientas informáticas.
Finalmente, una cooperativa agrícola de la provincia valoró su trayectoria y le ofreció un puesto en el área de administración. Allí se encarga de organizar facturación, pedidos y documentación de ayudas públicas. “Me devolvieron la confianza profesional”, explica.
Hoy tiene contrato indefinido, cotiza y participa activamente en la vida laboral de su entorno. Ha podido abrir una cuenta bancaria, alquilar una vivienda a su nombre y enviar apoyo económico regular a su familia.
Reconstruir también lo emocional
Más allá del trabajo, el proceso ha sido personal. Salvador habla del duelo por su hermano y de la culpa que sintió al marcharse. En Toledo ha encontrado una red de apoyo en asociaciones vecinales y entidades sociales como Cáritas, que le ofrecieron orientación en los primeros meses.
Con el tiempo, ha recuperado sus rutinas. Disfruta saliendo a pasear por el casco histórico, compartir café con compañeros de trabajo, participar en actividades comunitarias. Está tramitando la visita de su hija adolescente para que pueda conocer el lugar donde ahora vive su padre.
“No elegí irme, pero sí elegí no rendirme”
Lejos de la violencia que lo obligó a abandonar su hogar, Salvador ha construido una vida estable en España. Su historia no gira ya en torno al miedo, sino a la capacidad de rehacerse cuando todo parecía perdido.
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